Llegó el día…

Tuve una infancia feliz. Crecí montada en una mata de mango, comiendo mamón y fruta de pan. Nadando en Isla Larga y cantando canciones viejas mientras mi mamá tocaba la guitarra a las 2:00 de la mañana en la Plaza Bolívar de Puerto Cabello (Mi Puerto Cabello, pedacito de cielo…). Corrí por los campos de Golf del Club que está en Caribe, cuando nos pasábamos por la reja del Hotel Palm Beach, donde iba con frecuencia con mi mamá. María Soledad, se llamaba mi amiguita de aventuras y allí me enamoré por primera vez a los 7 años de un niño de ojos verdes que tenía 5 o 7 más que yo y que hoy es mi amigo en Facebook. Era feliz cuando mi mamá nos levantaba un sábado a las 6 de la mañana y decía “párense que vamos para los Médanos de Coro”, o Mochima, o Puerto La Cruz, o Barquisimeto… En una ocasión fuimos ida por vuelta a Boca de Uchire porque mi mamá quería comprar camarones en El Hatillo, en otra fuimos un fin de semana a Río Caribe porque a Rodrigo (mi papá por elección) lo habían nombrado padrino del hijo de algún bombero. 24 horas y media nos tardamos una vez hasta Mérida viajando con el equipo de softbol de los bomberos, gracias a los traspiés del autobús en el que íbamos. Llegamos directo al estadio y casi perdimos el juego por forfait. Y así conocí Venezuela, y así aprendí a amarla. Vivía en las playas de La Guaira con una careta y unas chapaletas, agarrando cualquier animal que me encontrara en el mar. Rodrigo me bautizó “Jacustona” (parafraseando el nombre de Jack Custeau). Y amé cada rincón de este país maravilloso, de su mar, de su tierra, de sus llanos, de sus montañas, de su gente. Quizás el sentimiento comenzó a mermar un poco cuando en el 2002, 5 hombres armados entraron en la casa que con mucho esfuerzo mi familia había comprado en la playa y nos tuvieron más de una hora secuestrados. Sin embargo, cuando nacieron mis hijos, traté de enseñarles lo hermoso de Venezuela y de inculcarles el amor por esta tierra. Pero tengo que confesar que fracasé. Mis hijos no aman Venezuela como yo la amé a su edad y no lo hacen, porque es difícil amar a quien cada día te agrede, te ofende, te minimiza, te aterra. Mis hijos no disfrutan Venezuela, la padecen, y estoy segura de que a los hijos de muchos de nosotros les pasa lo mismo, y estoy también segura de que sus padres lo ven con la misma tristeza que lo veo yo.

Hace un tiempo tomé una decisión, una que me costó muchísimo. Decidí que mis hijos merecían tener una mejor vida y que para mi dolor, eso no ocurriría en Venezuela. Y desde ese momento, ellos y yo, hemos recorrido un camino difícil para llegar al día de hoy. Hace solo dos semanas estábamos frente a una maleta, decidiendo qué vida debíamos llevarnos y cuál no podíamos. Pasé las manos por mis cosas y me encontré decidiendo si podía llevar la engrapadora que era de mi bisabuelo, o mi caja de creyones Prismacolor, o aquel libro en el que mi querido Dr. Consalvi hizo una bellísima dedicatoria. A mis hijos les tocó despedirse de sus amigos, de sus maestros, de sus abuelos, de su papá… todos con palabras de buenos deseos para esconder un poco las lágrimas que produce la incertidumbre de no saber cuando los vas a ver de nuevo, cuánto van a crecer mientras tanto o en qué momento se convertirán en mujer u hombre, lejos de la que fuese su vida. Es duro, muy duro. Es duro dejar atrás a las personas que amas, que más feliz te hacen. No puedo decir que estamos tristes, porque no lo estamos. De hecho estamos muy esperanzados ante este nuevo reto y este nuevo comienzo. Mis hijos tienen sueños, expectativas, planes. Es solo que me hubiese encantado que las tuvieran viviendo en Venezuela.

Deseo profundamente que en la distancia aprendan a amar a este país que yo amé desde cerquita. Y que tal vez un día decidan que quieren volver, cuando Venezuela ya no los agreda y vuelva a ser la de mi niñez.

Hasta pronto Venezuela, ojalá algún día podamos reencontrarnos…

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

Llegó el día…

Tuve una infancia feliz. Crecí montada en una mata de mango, comiendo mamón y fruta de pan. Nadando en Isla Larga y cantando canciones viejas mientras mi mamá tocaba la guitarra a las 2:00 de la mañana en la Plaza Bolívar de Puerto Cabello (Mi Puerto Cabello, pedacito de cielo…). Corrí por los campos de Golf del Club que está en Caribe, cuando nos pasábamos por la reja del Hotel Palm Beach, donde iba con frecuencia con mi mamá. María Soledad, se llamaba mi amiguita de aventuras y allí me enamoré por primera vez a los 7 años de un niño de ojos verdes que tenía 5 o 7 más que yo y que hoy es mi amigo en Facebook. Era feliz cuando mi mamá nos levantaba un sábado a las 6 de la mañana y decía “párense que vamos para los Médanos de Coro”, o Mochima, o Puerto La Cruz, o Barquisimeto… En una ocasión fuimos ida por vuelta a Boca de Uchire porque mi mamá quería comprar camarones en El Hatillo, en otra fuimos un fin de semana a Río Caribe porque a Rodrigo (mi papá por elección) lo habían nombrado padrino del hijo de algún bombero. 24 horas y media nos tardamos una vez hasta Mérida viajando con el equipo de softbol de los bomberos, gracias a los traspiés del autobús en el que íbamos. Llegamos directo al estadio y casi perdimos el juego por forfait. Y así conocí Venezuela, y así aprendí a amarla. Vivía en las playas de La Guaira con una careta y unas chapaletas, agarrando cualquier animal que me encontrara en el mar. Rodrigo me bautizó “Jacustona” (parafraseando el nombre de Jack Custeau). Y amé cada rincón de este país maravilloso, de su mar, de su tierra, de sus llanos, de sus montañas, de su gente. Quizás el sentimiento comenzó a mermar un poco cuando en el 2002, 5 hombres armados entraron en la casa que con mucho esfuerzo mi familia había comprado en la playa y nos tuvieron más de una hora secuestrados. Sin embargo, cuando nacieron mis hijos, traté de enseñarles lo hermoso de Venezuela y de inculcarles el amor por esta tierra. Pero tengo que confesar que fracasé. Mis hijos no aman Venezuela como yo la amé a su edad y no lo hacen, porque es difícil amar a quien cada día te agrede, te ofende, te minimiza, te aterra. Mis hijos no disfrutan Venezuela, la padecen, y estoy segura de que a los hijos de muchos de nosotros les pasa lo mismo, y estoy también segura de que sus padres lo ven con la misma tristeza que lo veo yo.

Hace un tiempo tomé una decisión, una que me costó muchísimo. Decidí que mis hijos merecían tener una mejor vida y que para mi dolor, eso no ocurriría en Venezuela. Y desde ese momento, ellos y yo, hemos recorrido un camino difícil para llegar al día de hoy. Hace solo dos semanas estábamos frente a una maleta, decidiendo qué vida debíamos llevarnos y cuál no podíamos. Pasé las manos por mis cosas y me encontré decidiendo si podía llevar la engrapadora que era de mi bisabuelo, o mi caja de creyones Prismacolor, o aquel libro en el que mi querido Dr. Consalvi hizo una bellísima dedicatoria. A mis hijos les tocó despedirse de sus amigos, de sus maestros, de sus abuelos, de su papá… todos con palabras de buenos deseos para esconder un poco las lágrimas que produce la incertidumbre de no saber cuando los vas a ver de nuevo, cuánto van a crecer mientras tanto o en qué momento se convertirán en mujer u hombre, lejos de la que fuese su vida. Es duro, muy duro. Es duro dejar atrás a las personas que amas, que más feliz te hacen. No puedo decir que estamos tristes, porque no lo estamos. De hecho estamos muy esperanzados ante este nuevo reto y este nuevo comienzo. Mis hijos tienen sueños, expectativas, planes. Es solo que me hubiese encantado que las tuvieran viviendo en Venezuela.

Deseo profundamente que en la distancia aprendan a amar a este país que yo amé desde cerquita. Y que tal vez un día decidan que quieren volver, cuando Venezuela ya no los agreda y vuelva a ser la de mi niñez.

 

Hasta pronto Venezuela, ojalá algún día podamos reencontrarnos…

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

Reconociéndome

Hay personas que, te gusten o no, aparecen en tu vida para hacerte aprender una lección. Cualquiera en tu vida, amigo o “enemigo” —y lo pongo entre comillas, porque es una palabra que detesto y jamás creeré tener alguno, porque no vivo en guerra—, está allí para hacerte saber algo y el truco es estar atento y saber escuchar.

Siempre pensé que esa teoría que dice que “todo lo que te molesta del otro es porque ves en él algo que está en ti”, era un poco absurda. Alguien una vez me puso como ejemplo a Maradona —que yo detesto a Maradona— y me pregunté ¿qué puedo yo ver en ese señor que yo tenga?, sin darme cuenta de que quizás la misma arrogancia con la que me hacía la pregunta, era la respuesta. Ahora entiendo que esa teoría no está muy lejos de ser cierta y es muy fácil entenderla, cuando en vez de verla desde el otro, la ves desde ti mismo, porque al final, la verdad es que todo está en ti.

Hace un tiempo ya, decidí prestar atención a lo que esas “molestias” me intentaban decir y descubrí, viendo a otra persona, cómo en una época de mi vida me dejé robar la esencia, lo que soy, anulando mi yo interno por cumplir las expectativas de otros y además con la excusa más común de todas… “el amor” —entre comillas también. Lo increíble no es solo que la molestia hacia esa persona que me incomodaba se convirtió en una gran compasión, al verla perder su propia esencia  y centrar su vida en un cúmulo de vivencias y experiencias que lejos de acercarla a sí misma la van alejando más (ya eso le tocará a ella entenderlo), lo mejor y más importante, es la forma en la que me reconcilié conmigo misma. En un principio tímidamente, fui re-conociéndome y redescubriéndome, incluso, descubriendo cosas de mí que no conocía. Digo tímidamente, porque a pesar de que fue un proceso hermoso y enriquecedor, necesité de la ayuda de otros para vivirlo, necesité que otros me mostraran lo que veían en mí, para yo lograr verlo. Luego descubrí que yo también era capaz de verme, de creer en mí, de impulsarme, de acompañarme y los más importante, de hacerme feliz. Cuando entiendes que solo tú eres capaz de hacerte feliz, nunca más nadie podrá quitarte la felicidad. Y entonces todo cambia: la opinión de otros ya no es tan importante, la prioridad comienzas a ser tú, tu trabajo ideal comienza a ser el que más te hace feliz y no el que más dividendos te aporte. Entiendes que no hay nada de mezquino en querer tener bienes materiales ni te hace menos espiritual, mientras no hieras a nadie ni doblegues tus principios para obtenerlos. Estudiar es ahora un placer y no una obligación, entiendes que la responsabilidad que tienes con tus hijos es darles las herramientas para que sean felices y no darles lo que tú crees que es la felicidad. El amor cambia de forma y descubres la maravillosa diferencia entre estar enamorado y amar, y la persona que está a tu lado deja de ser el hombre o la mujer perfecta, porque entiendes que la perfección no está en él, sino que se la pones tú y entonces aprendes a apreciar más sus cualidades y decides si te interesa o no tolerar sus defectos. Aprendes a disfrutar estar solo y que los mejores amigos del mundo, son los que están cuando los necesitas y los que te buscan cuando se sienten tristes, porque sabes que en los momentos felices siempre estarán a tu lado, así se encuentren muy lejos. Entiendes que la familia es lo más importante, porque siempre serán tu apoyo y tú el de ellos. Te importa más tu salud que muchas otras cosas que te importaban antes como fumar, tomar refrescos, comer comida chatarra, etc. Y decides que la mayoría de las veces es más importante ser feliz que tener la razón, así que no te embarcas en peleas ni discusiones estériles.

Pero quizá lo más importante que descubres y la mejor enseñanza que obtienes es que cada quien vive una vida distinta, porque las circunstancias no son iguales para todos. Entiendes que cada quien tiene procesos que vivir y que lo mejor que puedes hacer por alguien que sufre es escucharlo. Que los consejos no sirven de nada cuando la persona no está preparada para escucharlos y que intentar hacer que alguien piense igual que tú, no solo es un acto enorme de egoísmo, sino de cobardía, porque solo refleja el miedo enorme que tienes a pensar distinto. Y entonces perdonas, porque entiendes que nadie puede hacerte daño más que tú mismo y que el rencor no es más que una señal de odio hacia ti.

Hoy doy gracias. Agradezco enormemente poder ver a mi alrededor y sentirme plena, llena de metas por cumplir y dejando atrás con sumo placer aquellas que ya cumplí. Tratando de aprender cada día un poco de lo que me rodea y de mí misma, porque si bien es cierto que no hay nada más maravilloso que mantener la capacidad de sorprenderse, la sensación se triplica cuando quien te sorprende eres tú mismo.

Publicado en #CronicasFemeninas, amor, familia, infancia, locura, palabras, recuerdos, Uncategorized | 1 Comentario

Carta a Nicolás

Este escrito es de mi madre, Miriam Veracoechea, en reacción a las declaraciones de Nicolás Maduro sobre las “ausencias” de Carlos Ocariz del país…

TE PASASTE, NICOLÁS!!!

Así hubiera querido comenzar esta descarga de sentimientos. Pero no, no soy capaz de darle la entonación necesaria al “NICOLÁS” (en eso es experta Liliana), para que exprese lo que realmente siento. Así que rectifiquemos: SE PASÓ, SEÑOR PRESIDENTE DE LOS VENEZOLANOS.
Usted, con su actitud de malandro y su creencia de que en vez de nuestro presidente es nuestro dueño, una vez más me hace sentir vergüenza ajena. Ahora arremete contra el Alcalde Ocariz acusándolo de separarse de su cargo para pasear y darse la gran vida en el Imperio. Y me pregunto yo, ¿Realmente pensó en lo que decía y en sus consecuencias, o se trató solamente de una nueva práctica de incontinencia verbal? ¿Fue por desconocimiento de la situación que vive el Alcalde ya que sus sueños o pesadillas sobre guerras económicas, intentos de magnicidio y otras fantasías, no le permiten enterarse de lo que sucede a su alrededor o fue algo premeditado? ¿Y sus “asesores” dónde estaban? ¿O será que ellos, como el resto de los venezolanos, lo que desean es que esta pesadilla se termine?
Señor Presidente, nosotros somos venezolanos. El hijo de alguien es el hijo de todos. El hijo de Ocariz, también es nuestro.
Aterrice!! USTED y solamente USTED, es el responsable, o mejor dicho el CULPABLE de que el Alcade Ocariz, como tantos otros, tenga que viajar al exterior a buscar un tratamiento médico que aquí no existe.
He vivido muy de cerca durante los últimos meses una situación similar. He tenido que ver y sentir a diario la angustia y la impotencia de una hija, rogando que le entreguen o le vendan una dosis de quimioterapia para que su mamá pueda tener la oportunidad de curarse. Pero no vayamos tan lejos: ¿es que su ceguera no lo deja ver las colas diarias interminables para conseguir comida? ¿O el deterioro en que se encuentra toda la infraestructura del País? ¿Y las escuelas? ¿Y las calles? ¿Y el alumbrado público? ¿Y el sistema educativo? ¿Y el sistema de Salud en general? Señor Presidente, ¿USTED ES CIEGO?
Yo creo que no. Yo lo que creo es que usted nos subestima. Subestima al pueblo venezolano. Dicen que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Pero NO! Señor Presidente, nosotros no nos merecemos esto. A USTED le quedó muy grande este País. A USTED le quedamos muy grandes los venezolanos. USTED NO ES UN PRESIDENTE. USTED gobierna a la sombra de los ojos del galáctico, con los cuales inunda las calles, pensando que a mayor cantidad de ojos, mayor respeto!. Pues NO Señor Presidente!! A USTED NADIE LO RESPETA. Quizás algunos le teman, pero del temor al respeto hay mucho trecho. Y hablando de temor, ¿USTED no teme? ¿O es que cree que el Universo va a dejar que USTED salga “liso” de ésta?
Recapacite, piense, concientice y RENUNCIE. Nos haría un favor a todos los venezolanos, incluyéndolo a USTED.
TE PASASTE, NICOLÁS!!!!

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

La guerra mundial

Crecí con la influencia de mi abuela que es historiadora. Esto me creo el interés de querer saber qué momentos que me ha tocado vivir en un futuro serán “momentos históricos”, a diferencia de otros que pasarán sin pena ni gloria. Por esto siempre, ante algún suceso importante, trato de salir del contexto y de ver cómo puede verlo el mundo a futuro, es decir, como lo estudiarán mis hijos, o sus hijos, o los hijos de sus hijos.

En  estos días El Nacional publicó una “noticia” donde señalaba en su titular que la ONU había “declarado” la Tercera Guerra Mundial, refiriéndose al conflicto actual que tiene como centro al Estado Islámico o Daesh, como recomiendan algunos que se llame.
Buscando en la web sobre el origen de la noticia de El Nacional, me conseguí con un artículo de un diario mexicano (el primero que mencionó el tema) que lejos de afirmar que la tercera guerra había sido declarada por la ONU (como afirmaba El Nacional en la noticia que posteriormente borró) resaltaba un hecho interesante en los estatutos de esta organización. El artículo, recogía la opinión no oficial de Raimonda Murmokaité, representante de Lituania ante la ONU, quien expresaba que según los estatutos de la organización a la que pertenece, se considera “Guerra Mundial” cuando 5 o más países de distintos continentes se encuentran en guerra entre sí, por lo que, argumentaba Murmokaité, estaríamos de facto a las puertas de una guerra mundial, considerando que Francia, Alemania, EEUU, Rusia, Irak e Irán habían declarado su intención de luchar contra la organización de extremistas islámicos. Más allá de que El Nacional convirtiera una opinión en una noticia y tergiversara lo expresado en el artículo, impacta indudablemente para cualquiera de mi generación el pensar que estamos ante las puertas de La Tercera Guerra Mundial. No es que no hemos vivido guerras, pero ¿Mundial?, eso es otra cosa!.. ¿o no?.
Sin embargo conversando sobre el tema y leyendo otras opiniones en la red, un punto de vista interesante resalta en el conflicto y se trata del “enemigo”. La Primera y Segunda Guerra Mundial, se trataron de coaliciones de países enfrentados entre sí: yo te apoyo a ti, el apoya al otro, pero en este caso se trata, hasta ahora, de una sola coalición que ha declarado la guerra no a otro país o a otro grupo de países sino a una organización. Esto cambia el panorama, porque si bien hay “5 países o más (7 si consideramos que Italia se manifestó el día de ayer a través de su primer ministro), de distintos continentes que se encuentran en guerra” no lo están entre sí, si no unidos en contra de un factor de riesgo para el mundo. Es decir, el “mundo” está en guerra, pero… tranquilos! porque la etiqueta de “La Tercera Guerra Mundial” queda desechada.
Me pregunto entonces: ¿cómo la estudiarán mis hijos a futuro? ¿cómo “una” guerra mundial? ¿sin el La y sin él Tercera? ¿será solo un conflicto bélico como la guerra de las Malvinas? ¿o una “guerra por el control económico” como la guerra del Golfo Pérsico?
Resulta extraño pensar que un conflicto a nivel mundial que ya ha generado y seguirá generando cientos de muertos, necesite que se etiquete con un nombre para que la gente entienda la gravedad de lo que ocurre. ¿Es necesario que la ONU “declare” una guerra con nombre para que entendamos que el mundo está a las puertas de un conflicto que además de la tragedia que ya implica, puede implicar cambios radicales?
Más allá del nombre con el que aparecerá en los libros de Historia Universal, no creo que el hecho de que sea UNA guerra o LA guerra o LA TERCERA guerra modifique el hecho de la cantidad de gente que ha muerto y morirá en nombre del fanatismo y la intolerancia de muchos y tampoco creo que etiquetarla o no favorezca el verdadero estudio que debe dársele a las guerras, que es el de crear conciencia en generaciones futuras para que estas cosas no ocurran de nuevo.
Matteo Renzi,  primer ministro italiano, instó en rueda de prensa a que no se cometieran los mismo errores que se cometieron en Libia, país en el que luego de un bombardeo planificado también por una “coalición”, se encontraron que más allá de las bombas no tenían un plan para sacar al país de la miseria y el conflicto en el que lo había sumergido Gaddafi. La coalición llegó, bombardeó, tumbó al dictador y dejó al país con su paquete, sumado a los generados por todo el tema de la guerra.
El fanatismo y la intolerancia no se acaban con una guerra (ni Primera, ni Tercera, ni Quinta), erradicar a Daesh no soluciona la mentalidad de personas que he leído en los últimos días diciendo cosas como que es necesario “erradicar al Islam del mundo”, porque nos guste o no y aunque los que emiten esos comentarios tengan una medalla de bautismo en el cuello, son tan radicales como los fanáticos islámicos capaces de entrar un teatro y disparar contra cualquiera que no crea en el Islam. Dentro del islamismo también existen hombres que sí se inmolan (no como los que se suicidan para matar a otros) utilizando su cuerpo para minimizar el estallido de una bomba, como hizo el padre de familia en el reciente ataque en Beirut.
Tal vez no hay una Tercera Guerra Mundial, pero el Mundo está en guerra y eso debería bastar para que todos reflexionemos y pensemos qué podemos hacer para cambiar el futuro.
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Hoy pensé en ti…

1150379_10151623139033215_817918050_n

Hoy desperté y pensé en ti. No es que no lo haga en otros momentos, es que hoy amanecí pensando en ti. No pensando en tu sonrisa, en la que siempre pienso o en tus ojos que me miran llenos de amor y de sentimientos que no sabes decir con palabras, pero que dices con la mirada. En ellos también pienso siempre. No llené mi mente de esos lugares bellísimos que hemos visitado tomados de la mano, aunque ya sabemos que cualquier lugar en el que estemos se hace interesante si lo recorremos juntos. Curiosamente, tampoco hice un recuento de aquellos lugares donde me has besado en los que nunca nadie antes me había besado, aunque se que todavía falta que me beses en París. No pensé en sabor a vinos, sangrías, mojitos malos… ni siquiera en el sabor a ti. No he recordado playas solitarias, o conversas eternas de temas que más nadie discutiría. Tampoco he pensado en abrazos o en dormidas abrazados, o en abrazos de frío, o de lluvia, o de felicidad, o de bromas, o de cine… Mucho menos en si me haces feliz o en si la felicidad que me das complementa la mía. Pero ¿sabes? hoy amanecí pensando en ti…

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

#CrónicasFemeninas: Estoy perdiendo la memoria… soy feliz!

memories

Hace algunos años, cuando todavía era “joven e inexperta” (no entremos en detalles, por favor) la mamá de un gran amigo, en medio de una conversa interesante, sentenció: “las personas felices no tienen memoria”. Entre risas le refuté que eso no era cierto, que yo tenía muy buena memoria y era bastante feliz, me miró con cara de indulgencia y me dijo “no lo dudo para nada, pero cuando tengas hijos, entenderás a qué me refiero”. La verdad es que había olvidado la conversa, la frase y la “predicción”, hasta que en estos días me topé con otra versión de la misma frase: “Las personas felices tienen mala memoria y buenos recuerdos” e increíblemente, le encontré el sentido y entendí la asociación a “cuando tengas hijos”.

En general mi primer embarazo y parto fueron bastante tranquilos, sin embargo, obviamente tuve muchas de las incomodidades que la mayoría de las mujeres tenemos cuando estamos embarazadas. Sin embargo, no puedo recordar ninguna. Para una persona como yo, que recordaba con exactitud la ropa que tenía puesta un día en que fue a un mitin me Piñerúa y sacó un afiche de Luis Herrera o a cuántas millas de Ciudad Gótica estaba la Baticueva, no recordar algo tan importante, es una novedad, pero más aún lo es, cuando me doy cuenta que a pesar de que no puedo recordar eso, recuerdo claramente la sensación que sentí la primera vez que sentí a Gustavo moverse dentro de mí. Sí, mala memoria, buenos recuerdos o como decía El Gabo “la vida no es como la vivimos sino como la recordamos para contarla”.

Siempre me sentí orgullosa de mi capacidad para recordar detalles de cosas, momentos y situaciones que la mayoría de la gente no recordaba. Recuerdo el color de la liga con la que se sujetaba el cabello el cantante de Air Supply cuando se presentó en El Poliedro, recuerdo el número de teléfono del primer apartamento en que viví, recuerdo frases que dijo alguna persona en algún momento específico, y así un sinnúmero de recuerdos de temas políticos, situaciones, paseos, artistas, conciertos… pero todos ellos de “antes” de que naciera mi primer hijo. ¿Curioso no? Pues no, no tanto.

Ahora entiendo que el “cuando tengas hijos lo entenderás”, no se refería en sí, al hecho de ser madre, sino al de llenar tu vida. Realmente, lo que quería decir esa frase, es “cuando tengas recuerdos valiosos con qué llenar tu vida, verás que tendrás mala memoria”. Y nada más cierto. Desde hace algunos años para acá, estoy vaciando mi memoria, dejando de lado datos insignificantes y ahora se llena de buenos recuerdos. No se trata de olvidar tu pasado, tu historia, se trata de desechar lo que ya no te sirve de ella. Hace rato que no soy capaz de recordar con detalle lo que tenía puesto una persona en un momento importante, sin embargo recuerdo con lujo de detalle la sensación de la brisa cuando esa persona me hablaba. Por extensión, entendí que cuando dejas ir de verdad, olvidas. De los momentos malos quedan solo las enseñanzas, pero ya no están los “detalles” de cómo las obtuviste, ni los sentimientos que generaron en el momento. Cuando guardas dolor, rencor, detalles, no has dejado ir en realidad. De los momentos buenos, por el contrario, sí quedan los sentimientos y las sensaciones, pero olvidas los detalles irrelevantes, porque dejaste ir el momento y te quedas con la vivencia. Tu memoria se va vaciando de detalles y va dando paso a buenos recuerdos, vas vaciando tu vida de fechas, palabras, rencores, tristezas y cosas irrelevantes que acumulaste para llenarla de sentimientos, sensaciones, aprendizajes y sobre todo, vivencias.

Poco a poco voy perdiendo la memoria y cada vez soy más feliz…

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario